Casi todo el que ha pasado por un servicio de Urgencias reconoce una sensación difícil de explicar: verse a uno mismo un poco desde fuera, con el cuerpo desconectado, el tiempo estirándose o comprimiéndose de forma extraña, sin saber todavía en qué va a convertirse todo aquello. Un artículo reciente del ingeniero e investigador independiente intenta ponerle nombre a esa experiencia.
No es un estudio clínico con datos nuevos, sino una revisión narrativa que cruza cuatro campos que rara vez se citan entre sí. De la psiquiatría del trauma toma la disociación peritraumática: esa despersonalización transitoria, documentada desde los años setenta, que hace que el entorno se perciba como irreal y que —según la evidencia revisada— aumenta el riesgo de estrés postraumático posterior. De la antropología toma la liminalidad, el concepto de los ritos de paso aplicado ya por enfermería al tránsito del paciente traumatológico: entrar en shock sin saber si vas a salir con un diagnóstico leve o con uno que te cambie la vida. De la sociología toma autores como Parsons, Foucault y Goffman para explicar cómo el sistema convierte al paciente en colaborador pasivo y en conjunto de datos objetivables, aunque matiza con cuidado hasta dónde puede estirarse cada comparación. Y de la investigación en enfermería más reciente toma la idea de vulnerabilidad existencial: la confrontación con la propia mortalidad en medio de un entorno diseñado, sobre todo, para intervenir técnicamente sobre el cuerpo.
De la suma de estas cuatro piezas nace la propuesta central: *liminalidad cinematográfica*, un término pensado no como diagnóstico sino como lo que en investigación cualitativa se llama un concepto sensibilizador —una manera de mirar y nombrar algo que hasta ahora no tenía vocabulario compartido.
Lo más destacable, más allá de la propuesta, es la honestidad con la que está escrita: el propio autor reconoce abiertamente que no tiene formación clínica, que la revisión no sigue un protocolo sistemático y que existe el riesgo real de haber forzado una coherencia entre estudios que investigaron cosas distintas. Queda pendiente, como él mismo señala, comprobar con entrevistas directas a pacientes si el término realmente describe algo compartido o si se queda en una construcción atractiva pero poco demostrable. Mientras tanto, el trabajo deja una idea que cuesta olvidar: la experiencia está bien documentada por partes, pero nadie había terminado de juntarla en un solo mapa.